La Capuchina es una de esas marcas que forman parte del verano murciano desde siempre. Una marca que huele a feria, a barrio, a familia, y a ese ritual de pedir un granizado artesano como quien vuelve a casa. Su esencia estaba clara, pero su identidad visual ya no acompañaba al momento actual ni a la calidad de lo que ofrecían. Había historia, pero faltaba un lenguaje que lo hiciera sentir vigente.
El objetivo del rebranding fue sencillo: actualizar sin borrar, renovar sin perder esa autenticidad que hace que La Capuchina siga siendo La Capuchina.
El antiguo logotipo —cálido, reconocible, muy ligado al imaginario clásico de los puestos de granizados— pedía una evolución. Por eso la nueva identidad mantiene el alma artesanal, pero la lleva a un terreno más cuidado y más coherente con la marca actual.
Una tipografía hecha a medida, más estable y más legible, que respeta las curvas originales, pero con un trazo anado. Una composición más sólida, más flexible, pensada para funcionar tanto en el puesto tradicional como en nuevos formatos digitales, packaging o señalética.
Se ha limpiado, ordenado y modernizado, pero sin caer en la frialdad: sigue teniendo esa calidez de marca murciana, cercana y orgullosa de su ocio. Un equilibrio entre nostalgia y presente.
Hoy, La Capuchina conserva su sabor —literal y visual— pero con una imagen fresca, preparada para seguir siendo parte del verano, de las ferias y de las historias de siempre, durante muchos años más.